Estimat Joan!!!

Ser un servidor públic és exercir la funció amb la màxima honradesa, amb una implicació constant i amb una fraternitat sincera envers les persones a les quals serveixes, envers la teva comunitat. És incorporar valors de companyonia, d’afecte i de respecte, i actuar sempre d’una manera creativa, responsable i enriquidora.

Sincerament, crec que aquesta primera reflexió sobre la funció pública defineix amb gran encert el que representava i exercia Joan Culillas i Jalencas.

 

Joan, ens vas deixar ahir va fer una setmana. Mai no hauria pensat que hauria d’escriure aquestes paraules per expressar i posar en valor la teva trajectòria personal i professional, ni tot allò que has representat per a mi en particular i, també, per a la nostra ciutat i per a totes les persones que t’hem estimat i que hem compartit aquest camí de la vida. El destí, aquesta vegada, ha estat implacable i ens ha colpejat amb una duresa inesperada.

Hace muchos calendarios, el azar de la democracia nos ofreció la oportunidad de coincidir y conocernos: dos adultos jóvenes, yo el adolescente de Sant Ildefons y tú el adolescente del Centre. Ambos fusionábamos orígenes humildes, crecidos y educados en la Cornellà de arriba y la Cornellà de abajo. Dos hombres llenos de sueños, de esperanzas y de una profunda convicción. En aquel tiempo, sin darnos cuenta, estábamos asentando el inicio de un trayecto personal y profesional, y en ese orden: personal y profesional.

Crecimos juntos en todos los sentidos. Compartimos, nos escuchamos, hablamos mucho, porque nunca buscábamos respuestas; siempre reformulábamos preguntas. Eras un hombre no de metas, sino de horizontes. Discreto, casi invisible, pero absolutamente imprescindible. Y hoy siento la necesidad de decir en voz alta que una parte importante de esta ciudad que soñamos y que hemos construido lleva tu huella. Porque siempre estabas detrás de aquello que no se ve de puertas afuera, pero que es tan necesario para que todo funcione.

Joan era un home del qual sempre es podia aprendre. Sempre disposat, un gran servidor públic, entranyable, discret, amable. Lleial, però no fidel; amb idees pròpies, compromès i profundament dialogant. A les set del matí, a les sis de la tarda, a les onze de la nit; dissabte o diumenge… sempre atent. A qualsevol hora, sempre hi era. Va ser una persona que va entendre perfectament què significa la vocació de servei: mai no es va quedar darrere d’una taula o tancat en un despatx. Era viu, dinàmic, inquiet. Un gestor sempitern, gairebé un cirurgià de l’administració, perquè pensava —i demostrava— que tot es podia fer realitat si hi havia voluntat.

Va demostrar que la fredor que de vegades té l’administració pot tenir una altra cara: més humana, més amable i més propera. Era un autèntic arqueòleg de l’administració. Mai hi havia un no definitiu; mai deia “no pot ser”.  Buscava i trobava. Sempre trobava un camí, una manera de donar resposta i d’aportar solucions.

Cuando me presentó, entusiasmado, su proyecto para transformar la Cruz Roja, su motivación era clara: prepararla, darle visibilidad y modernizarla para mejorar la vida de las personas. Y ese proyecto se convirtió en una realidad gracias a su convicción y a su capacidad para tejer alianzas. En el Ayuntamiento las encontró, porque cualquier proyecto comunitario necesita apoyo institucional. Y lo hizo de forma impecable, con rigor y con humildad.

Tantos lunes… Hay centenares de personas en esta ciudad que recordarán esos lunes. Le trasladaba las cuestiones que vecinos y vecinas me planteaban durante el fin de semana, y él tomaba nota y me decía: “no te preocupes, lo miro”. Además de todo su trabajo y de toda su responsabilidad, siempre estaba dispuesto a ayudar, a acompañar, a apoyar cuando estaba a su alcance. Había construido una auténtica gestoría social dentro del propio Ayuntamiento, y de ello puede dar fe muchísima gente. Cada caso era único, y hasta que no lo culminábamos, no paraba.

Cada día, entre las siete y las ocho y media, cuando yo llegaba a Can Vallhonrat, él estaba en la puerta. Cualquiera que nos viera desde fuera podría haber pensado que no nos hablábamos, pero era su momento: fumando… y yo pasaba a su lado, dejándolo fumar, respetando ese instante. Su ritual diario, nuestro ritual. Hablar sin palabras.

 

Y de eso va la vida: va de respeto. Y él nos ha respetado a todos. Hizo del respeto su mayor bandera, su mayor compromiso y su sentido de la vida. Respeto por su trabajo, por la ciudad, por su familia, por su vocación. Impecable y entrañable.

Todos los que hemos tenido la suerte de compartir la vida con él lo despedimos con cariño y con el corazón encogido. Por su gran valor profesional, sí, pero por encima de todo, por su inmenso valor humano.